Serbia es una nación difícil de entender y de narrar.
- Sissi Arencibia
- 6 mar
- 3 Min. de lectura

Mi perspectiva sobre los Balcanes viajó en bus durante muchos días. Nutrida de una mirada que iba en siglos y también en milenios, tomó cuerpo a medida que me trasladaba por los muchos países que conforman ese punto de la geografía.
El que tocaba era un cruce fronterizo complejo. Había dejado atrás las gracias naturales de Bulgaria, la animada vida de Bucarest y los encantos de la Transilvania para entrar en Belgrado, la capital de Serbia.

El mapa tomó otras formas aquí. La historia también. Cada vez que hubo un reparto, derivado del asedio de órdenes imperiales o las guerras más recientes, el atlas sufrió una modificación y cambió de nombres.

Ahora luce de otra manera, pero los territorios son los mismos en su esencia.
Y esas huellas están en cada país del este de Europa, donde los imperios ataron para siempre el destino de muchos de estos pueblos. Sus diferencias, en su mayoría, vienen de ese hecho.
Por eso es particularmente complejo narrarlos hoy, porque cada uno fue parte de varios reinados y tienen infinidad de relatos. Muchos formaron parte de una nación con otro nombre y circunstancias diferentes a las de hoy.
Así pasa con Serbia. Un país con una posición interesante y una historia complicada. Ella está en la confluencia de los ríos Saba y Danubio y su puente divide el lado oriental de la Europa central y de la península balcánica.

Como todas las naciones de la liga balcánica, Serbia es una nación con cicatrices y heridas que vienen de la II Guerra mundial.
Es un destino difícil de entender y también de narrar, porque tuvo una parte muy activa dentro del conflicto de los Balcanes.
A ella pertenecía Kosovo, una provincia autónoma colindante con el mundo albanés, donde está el origen histórico de este país. Kosovo abrió una nueva página, cuando parecía que las fronteras ya no se moverían más después de las guerras mundiales.

Ella es la cuna histórica de Belgrado, pero el 90 por ciento de su población es albanesa, desde los tiempos de la ocupación otomana, cuando se intentó desarraigar este territorio a Serbia.
Hoy está declarada República independiente de ella, sin que este reconocimiento se haya aceptado.
Ha estado en permanente disputa porque le sean reconocidos sus derechos de independencia.
Belgrado es la capital de Serbia. Es una ciudad con una fuerte identidad nacional y una raíz que viene del siglo XII, de un reino que estuvo bajo otro reino y que llegó a ser un imperio bajo la dinastía del rey Esteban.

Eso duró en el mapa hasta el siglo XV, cuando entran los turcos. Todo lo que surgió después tiene un relato diferente y está en el sustrato de lo que reivindican hoy. Una realidad que se vuelve una constante nada más que pisas los Balcanes.
Los serbios se sienten víctimas de una historia de repartos, donde muchas veces les fueron cortadas las alas y la autonomía.
Después de la segunda Guerra mundial, ella quedó junto a otras cinco naciones como parte de un país llamado Yugoslavia. Tiempo después es disuelta la unión y todos quedan como independientes.
Cuando los analizas de forma aislada, cada uno siente que le falta un pedazo, porque quedaron a merced de las potencias europeas cuando desaparece el proyecto de Tito, el mariscal de Yugoslavia.

Serbia era el corazón del proyecto yugoslavo, el cual monta Tito de 1948 a 1980. Esa historia tiene allí un museo que representa la hermandad, la unidad, el vivir por encima de las diferencias y la epopeya de lo que se consideraba ser eslavo del sur.
Pese a ser croata, Tito logró reunirlos en una nación, en un proyecto, en una casa común. Bajo su mando, ellos pelearon sus propias batallas, intentando mantener a raya la amenaza de los nacionalismos.
Por eso la historia de este enclave balcánico es pesada, densa y funcionó hasta el momento en que muere Tito. De entonces acá, cada uno tiene su propio relato.
Mi viaje cubrió todas las naciones balcánicas. La gran mayoría de ellas vivió bajo la égida de una nación con objetivos comunes y formaron parte de ese relato.
Pero, cuando el tronco común desapareció, esos discursos se tornaron diferentes y se destapó el conflicto entre ellos.

Hoy esa zona es un mosaico de diversidad. Siempre habrá que pasear por cada uno de sus pedazos, mirar sus tierras y escuchar sus historias. Pero, lo más cómodo es encontrarlos en sus orígenes, desde la música, la comida, la religión y el folclore.
Entrar en otros terrenos es pisar un campo minado. No obstante, pasar revista al origen del conflicto era necesario para poder entender.
Interesante y triste a la vez Sissita .. Gracias por compartirla .. se deja ver en las fotos la historia vivida por ese país ..